2/12/08

*_Texto Quinto Básico_*

Por una docena de huevos duros

Cuento, Ernesto Montenegro

Un hombre que no podía más de pobre se resolvió a irse un buen día a las minas de la "Descubridora" por probar suerte, dejando lo poquito y nada que había en el rancho "pa" la manteción de los chiquillos y una hermana viuda con sus huachitos. Después de caminar todo el día por cuestas y barrancas llegó, a la puesta del Sol, a un lugar donde se resolvió hacer de tripas corazón y pedir que lo convidaran con algo para pasar la fatiga. En la última puerta que vio abierta divisó a una señora solita junto al brasero, con su gato y sus gallinas: -Por la mucha "necesidá" no más, patroncita, ¿podría convidarme con unos huevitos fresco?, que cuando venga de vuelta se los pagaré bien pagados, se lo prometo.
En esos días los huevos costaban tan poco que no valía la pena ir a buscarlos a los nidales; y como la señora había puesto el tacho a hervir para tomar mate, cogió dos puñados de la canasta y los puso a hervir hasta que tuvo rezados tres credos.
El minero se fue muy contento y agradecido con su docena de huevos duros, y con eso le alcanzaron las fuerzas para llegar a las minas, donde se decía que la gente se estaba aburriendo de tanto contar plata de piña.
Como a los diez años de trabajar su veta, el minero vio que ya había juntado su buen poco y que lo mejor sería partir para su tierra a socorrer a la familia.
Pero tuvo muy presente su promesa de pasar por donde la señora que tenía la crianza de pollos, para cumplirle la palabra. Ahí mismo paró la tropilla de burros que venían arreando, y golpeó la puerta.
Al rato vino a salir una viejita medio cegatona y sorda de yapa, que se quedó mirándolo por encima de los espejuelos. -¿Qué ya no me reconoce, mamita?- le gritó junto a la oreja-. Yo soy aquel caminante que pasó por aquí sin cocaví, y usted habilitó con una docena de huevos. Bueno, aquí vengo a cumplirle lo prometido. Una de estas cargas de plata es para usted; elija l que más le guste.
Y ahí mismo el minerito fue fue descolgando unas cuentas por el corral. La vieja no entendió bien lo que le proponía, pero comenzaba a pasarle lo que a otros, que con los años se van poniendo avarientos.- Digame joven: ¿es verdad que todo lo que llevan los burritos es de plata? ¿Y "uesté" fue a ganar toda esa platita después de que yo le fié los huevos?
La veterana no podía conformarse con una carga, cuando los burros eran tantos. Y pensaba que si ella no hubiera tenido tan buen coraón, el hombre se muere de hambre sin remedio y entonces buena minita que se hubiera encontrado...- A ver, ¿cuánto tiempo dice que hace que le entregué esos huevos? -Calculo que harán bien sus diez años, mamita. Fue antes del temblor grande.
El gesto se le avinagró del todo a la vieja. -Puchas la gente "desconsiderá"- rezongó-. Querer contentarme con una carguita de plata, cuando si yo guardo mis huevos y se las doy a empollar a mis gallinas, ¿cuántos miles y miles de pollos cree que tendría ahora? Tener la desfachatez de venirme con esos cuentos. ¿O cree que por andar vestida de lana, han de tomarla a una por oveja? ¡No, señor, ayúdame a "dentrar" la tropilla al corral! ¡Le digo que toda la plata es mía!
Y tirón por aquí, garrotazo por allá, ella mima encerró a todos los burros y le puso la tranca a la puerta. El minero, que eraun alma de Dios, no atinaba qué hacer con aquella vieja loca. Echarle la puerta abajo y llevarse sus burros a la fuerza tal vez hubiera sido peor.
Había tomado, pues, para el pueblo, arrastrando los pies y con la cabeza gacha, cuando oyó que le decían en tono medio alegre. - ¿No me dirá, amigo, qué es lo que se le ha perdido?. Era un hombrecitode chaqué promo, con nariz de tomate remaduro. El minero tenía ganas de desahogarse del atropello y se lo contó todo. - ¿Y eso es lo que te ha puesto el ánimo por el suelo? No se le dé nda, amigazo. Mire que yo soy "abogado recebido", y le prometo ganarle el pleito a la vieja mañana mismo. Pase a que lo citen a comparendo para las dos de la tarde, y espéreme en el "juzgao"
Y le sacó el último peso que le quedaba, para seguir emborrachándose.
Al otro día, ya esta el minero donde el juez, también la vieja, y en tinterillo sin aparacerse por ningún lado. -¿En qué anda su abogado que no llega?- le preguntó el juez con cara de vinagre al minero-. Le advierto que si no cumple la citación, le condeno con costas.
Las dos que las están dado, y el tinterillo que entra muy acalorado y barriendo el sueño con el sombrero. - Le ruego a Usía me perdone si lo he hecho esperar; pero tenía tanto apuro en cocer una cebada antes de sembrarla.....El juez lo paró en seco.
-¿Qué es esto de cocer la semilla, eh?
¡Vaya a contarle eso a su abuela!-gritó, pegando un golpe en la mesa que por poco la parte-. Contimás que me tiene esperándolo el caballerito, salirme ahora con ese disparate.
-Me extraña, su Señoría, que se enoje conmigo por lo que acabo de decirle, y muy bien que tuvo paciencia para oírle a esta mujer que reclama miles de pesos por la crianza que iba a sacar de una docena de huevos duros que le fijó a este buen hombre.
-¡Cómo!- exclamó el juez, saltando así tan alto de sus asiento-. ¿Estaban cocidos los huevos, entonces? ¡Juró decir la verdad!
-Así fue, señor; por mejor se los di duritos.
-Bueno, amigo- le dijo el juez al minero-. Páguele su real y medio a esta vieja abusadora, y llévese su platita, que harto le ha costado ganarla.
El tinterillo recibió su carga de plata por lo bien que defendió el pleit, y el minero salió arreando sus burros, contento como unas "pascuas".

*_Comprensión lectora_*

Estrategias para mejorar la comprensión de la lectura

Según Burón, toda estrategia basada en el proceso de la lectura tiene que partir de un par de cuestionamientos previos: ¿Qué sabemos sobre el tema? ¿Qué más queremos saber sobre el tema? Además, nos índica que estas interrogantes deben hacerse explícitos en el inicio de la actividad lectora. Es importante, además, que los estudiantes verbalicen las contestaciones a estas y que el docente conozca las hipótesis, predicciones y expectativas de sus alumnos; para luego retomarlas en el momento de la poslectura.

Aporte de ideas: Consiste en hipotetizar o consignar lo que ya se sabe. El proceso comienza cuando el maestro o profesor pide a los alumnos que digan todo lo que piensan, sienten o saben del tema de estudio o del contenido textual. Ayuda y estimula al grupo a formular preguntas para abordar al texto, o para que manifiesten sus expectativas de lectura. Los alumnos hacen un registro individual, a modo de preevaluación del aprendizaje, de lo que piensan que saben o que dirá el texto.


Categorización: Exige un pensamiento más reflexivo. El docente pedirá que se busquen formas de categorizar las ideas vertidas. Los alumnos deben encontrar categorías o grupos de ideas que se relacionen entre sí. Este proceso es posterior al momento en que se vierten las ideas. Esto permite anticipar las categorías básicas y las estructuras organizadoras del texto.


Predicción: Sirve para mejorar la habilidad de lectura de un texto expositivo. En esta estrategia se debe sugerir a los alumnos que formulen predicciones de las categorías básicas que los autores habrían tenido en cuenta al hacer su obra. Haciendo predicciones los estudiantes se aproximarán a la lectura pensando en la organización y los elementos que componen la lectura.

Formulación de preguntas: El rol del maestro en esta estrategia es encontrar preguntas que puedan guiar la búsqueda del conocimiento del lector, la cual es de extrema importancia. No se debería iniciar la lectura de un texto hasta que no hayan surgido, del grupo, algunas preguntas que realmente guíen la lectura.

Formulación de un propósito para la lectura: Esta, es la que dará relevancia y autenticidad a la actividad de leer. Este propósito debe estar pensado desde el enfoque de los alumnos y no desde el del maestro.

*_Texto Cuarto Básico_*

Don Zorro, confesor


Autor: Carmen de Alonso


Tantán..., tantáaaan..., tantán..., tan..., tan... Así llamaba contenta la campana de una iglesita de pueblo, cuando don Zorro acertó a pasar por allí.
"¡Vaya, vaya —se dijo—, qué buenas gentes vienen a oír misa!"
Y al decir "buenas gentes", ¿sabes tú?, don Zorro miraba codicioso a don Pavo, que en esos precisos momentos, con sus pasos ceremoniosos, lentos y largos, y muy de guantes, terno negro y bastón, llevaba a toda su familia a la iglesia.
Sin embargo, la sorpresa de don Zorro llegó al colmo cuando, al volver la esquina, tropezó con mamá Oveja, que llevaba de la mano a sus dos tiernos hijos, unos corderitos que asomaban sus desnudas naricillas y sus ojuelos tímidos entre albos vellones de suaves lanas.
"¡Qué buen bocado!", suspiró don Zorro, relamiéndose goloso los labios. Y ante mamá Oveja, después de sacarse muy cumplidamente el sombrero, se disculpó:
—Ah, mi señora doña Oveja, haga el favor de perdonarme. Ya ve usted que no hubo intento.
Y mamá Oveja, que es muy calladita y muy humilde, apenas levantó los ojos para decir:
—No hay de qué, don Zorro.
Y eso sí que como todas las ovejas del mundo tiritan de miedo de sólo oír nombrar a don Zorro, apretó más y más el paso y aseguró entre las suyas las manos de sus corderitos.
—Apurarse, apurarse, mis hijitos, que vamos atrasados.
Don Zorro siguió también su camino, pero ahora una idea mala le volvía y le revolvía en la cabeza.
"¿Y por qué no? ¿Y por qué no?", se iba preguntando a sí mismo y a cuanta cosa hallaba.
—¿Y por qué no, verdad, mi señor don Maitén? ¿Y por qué no, verdad, mis amigas Piedras?
Y ni el Maitén ni las Piedras se dignaban oírlo, mas él seguía ufano, pensando y retocando la idea mala.
Esa noche y las siguientes, don Zorro durmió poco y mal. Sufría de largos desvelos a causa de la idea aquella que se le había puesto entre ceja y ceja, hasta que al fin, después de darle vueltas y más vueltas en su astuto cerebro, decidió ponerla en práctica.
Y así..., a la mañana siguiente, tan de albita que apenas teñía el sol los picachos más altos de la cordillera, fue don Zorro a situarse ni cerca ni lejos de la iglesia: ni tan cerca que lo descubriese el señor Cura, ni tan lejos que él no pudiese ver a todo el que entrase o saliese de la iglesita.
El frío de la mañana le mordía las empinadas orejas y le entumecía las patas. Entonces, don Zorro, para espantar al frío y para calmar su impaciencia, púsose a ir y venir en un espacio cortito, sin quitar por eso la vista de las puertas de la iglesia.
Pasaban los minutos..., pasó una larguísima media hora, y pasó otra no menos interminable, hasta que por fin, con muchos rezongos de bisagras, entreabrióse poquito a poco la puerta de la iglesia, y por allí, primero una mano y la punta de la nariz..., en seguidita la otra mano y la cabeza entera desgreñada y soñolienta..., y por último el cuerpo todo, largo, muy largo, apareció el sacristán.
Don Zorro empinó a modo de antenas las orejas y sonrió satisfecho.
"¡Qué bien, qué bien..., ya comienza!"
El sacristán, a todo esto y restregándose mucho los ojos para echar de ellos el sueño, salió a la calle y comenzó a mirar para este lado y para el otro, como buscando a alguien.
Don Zorro, que para realizar sus malvados planes había seguido durante dos semanas las idas y venidas del sacristán y del señor Cura, no se inquietó por las preocupaciones de aquél, sino que, por el contrario, estúvose muy tranquilo, a sabiendas de en qué irían a parar todos aquellos afanes.
Y en efecto... Siempre peleándose con el sueño, el sacristán salió de la iglesia y fue con sus grandes trancos hasta la esquina próxima, y una vez allí, ¡vaya si lo sabía don Zorro!, detuvo al primer coche que pasó y, después de cambiar unas cuantas palabras con el cochero, subió al pescante, y en un dos por tres coche, cochero y sacristán estuvieron frente a la puerta de la iglesia. Allí los esperaba, sumido en la amplia sotana, el bueno del señor Cura.
Acomodóse en el asiento trasero del coche, y éste partió renqueando por las piedras de aquella calle provinciana.
Don Zorro se atusó con nerviosa alegría los tiesos bigotes y aguardó el desenlace acostumbrado de lo que estaba espiando.
No tardó en salir de nuevo el sacristán y ahora golpeó con fuerza las puertas de la iglesia para convencerse de que las dejaba bien cerradas. Se alejó en seguida a trancos cada vez más largos y disparejos, sin volverse a mirar hacia atrás.
Al verlo perderse de vista, don Zorro se restregó satisfecho las negras manos y muy orondo se acercó a la iglesia, e ingeniándose en una y otra forma, logró entreabrir las puertas que hacía unos minutos apenas había cerrado tan cuidadosamente el sacristán.
Por ahí deslizó con grande astucia su cuerpo, y ya adentro, sin perder un segundo, comenzó a realizar sus planes. Ágil, muy ágil, trepó la escalerilla que llevaba al pequeño campanario, y al principio con temor, luego con más y más aplomo, púsose a agitar la campana llamando a misa.
El primero en oír el toque insistente de la campana fue don Gallo, que, en esos precisos momentos, se hallaba esponjando su bello plumaje sobre el techo del gallinero.
—¡Hija..., hijaaa! —llamó a su esposa, una linda Gallina de color cobrizo.
Doña Gallina estaba preparando muy apurada el desayuno para sus hijos y se hizo la desentendida.
—¡Hijaaaaaaa..., hijaaaaaaaa! —insistió don Gallo.
Entonces, la señora Gallina volvió sus ojillos redondos hacia su marido y respondió sorprendida:
—Pero, ¿qué pasa? ¿No ves que estoy ocupada? Los "chicos" (al decir "chicos" se refería a sus Polluelos) aún no se desayunan..., llegarán tarde al colegio.
—Hoy no se va al colegio, mando yo —respondió con áspera arrogancia don Gallo, agitando airosamente su elegante cola.
—¿No? ¿Y adónde se va entonces? dijo doña Gallina, toda perpleja.
—¡A misaaaaaaa..., a miiiiiiisa! Vamos todos a misa, a confesarnos.
—Raro que hoy llame a misa el señor Cura —argumentó doña Gallina—, pero claro que iremos. En un santiamén alisto a los "chicos".
Y contoneándose, doña Gallina fue poniendo los trajecitos domingueros a sus polluelos. Arregló asimismo los tazones de leche con arroz para sus hijos, y mientras éstos picoteaban y picoteaban, entre hambrientos y juguetones, dispuso dos docenas de huevos y unos panecillos olorosos en una cesta de mimbre para el buen señor Cura.
A todo esto, don Gallo, muy limpio y confiado, bajó de su soleada terraza y, seguido de su esposa doña Gallina y de su parvada de hijos, encaminóse a la iglesia.
También escucharon el llamado a misa los señores Gansos, que vivían en un fragante huerto vecino, y unos Cisnes, y unos Patos, Taguas y Pidenes, que tenían sus casitas pintorescas en los frescos totorales de una laguna cercana al pueblo.
—¡Vaya, vaya, tenemos de nuevo misa! —exclamó muy sorprendida la señora Tagua.
—Así estoy viendo —subrayó don Pato, mientras en un movimiento breve y sedoso de sus alas tornasoladas se deslizaba hacia el agua de la laguna.
—Creo que deberíamos ir. ¿No le parece a usted? Mire..., escuche las campanas invitan:
"Vengan..., vengan...., vengaaan..."
—Efectivamente, comadrita —terció con su voz chillona don Pitigüe.
Y así, al poco rato, en ruidosa caravana, toditos los habitantes de la laguna, Cisnes, Patos, Taguas y Pitigües, iban caminito de la iglesia.
En un descanso, trabaron amistad con un grupo de Diucas, entretenidas en escarbar la tierra recién removida por el arado.
—¿Y adónde van? —preguntó la más atrevida de ellas.
—Vamos a misa..., vamos a misa, vamos a misa —replicó la alada caravana.
—Podríamos ir con ustedes..., a pesar de que estamos tan desarregladas...
—Dios mira los corazones y no los adornos —concluyó doctoralmente el más viejo de los Patos.
Entonces, las Diuquitas sacudieron sus gorgueritas y pecheras de un tenue matiz blanco grisáceo y se unieron a la caravana invitante.
Y... todo resultó tal como don Zorro lo venía deseando y proyectando.
A medida que la campana llamaba:
"¡Vengan, vengan, vengan!", iban llegando, incautos y devotos, los señores Gansos, don Gallo y su distinguida familia, y en fila larga y dispareja, los habitantes todos de la laguna.
Cuando don Zorro vio que habían llegado ya tan sabrosos fieles, abandonó el campanario y, busca que te busca, halló al fin una raída sotana del señor Cura, se la puso y se fue a instalar de confesor en el rincón más oscuro del confesionario de la iglesia.
No tardó en acercarse por allí doña Gallina.
—Acúsome, Padre... —y ¡zas!, sin darle lugar ni siquiera para un cacareo de auxilio, don Zorro alargó la pata, le apretó el pescuezo y la metió apresuradamente en un saco que tenía a su lado.
Pasaron en seguida a confesarse, unos tras otros, los doce Polluelos de doña Gallina, y toditos, con sus sedosos y tibios plumones color de la flor del aromo, no alcanzaron a lanzar ni un pío–pío de angustia entre las crueles y peludas manazas negras de don Zorro.
Idéntica suerte sufrieron don Gallo, los señores Patos de la laguna, los elegantes Cisnes, los Gansos, las Diuquitas, las señoras Taguas y los desgarbados Pitigües.
Pero, como tú sabes, es la ley de Dios que toditas las criaturas malas reciben su castigo más tarde o más temprano; así también a don Zorro le iba a llegar muy pronto, muy pronto, el suyo.
Aconteció, entonces, que don Zorro iba ya a alejarse muy satisfecho con su sabrosa carga, cuando entre dos tiritones de espanto divisó a don Perro, que, grandote y fiero, así, así, se acercaba, se acercaba al confesionario.
"¡Ay de mí —suspiró, y le castañetearon de susto los dientes todos a don Zorro—, aquí sí que estoy en peligro!"
Y don Perro siguió acercándose..., acercándose..., tanto, que el aliento le alcanzaba a don Zorro, la piel erizada por el terror.
Sin embargo, don Perro se portó muy compuestito y con los ojos bajos se fue a hincar en el confesionario.
"Pueda ser que no me reconozca", hacía votos don Zorro.
Pero... y aquí, mi vida, en este "PERO" mayúsculo, estaba todo el error de don Zorro: no sospechaba él ni remotamente que don Perro venía, como se dice, siguiéndole los pasos, porque para eso había visto él pasar en coche al señor Cura, camino del pueblo vecino, de modo que su nervioso llamado a misa habíale llenado de sospechas.
Bueno, y como tú sabes que los perros tienen un olfato muy fino, ¡ps!, nadita le costó hallar y seguir el rastro del malvado don Zorro.
Para las sagaces narices de don Perro no valían ni la raída sotana del señor Cura, ni sus gruesos lentes, ni la oscuridad del confesionario.
"Voy a darle una agonía larga a este bellaco", resolvió don Perro, al convencerse de que ave que iba a confesarse era ave que no volvía a aparecer más.
—Buenas tardes, Padrecito —saludó con melosa voz don Perro.
—Buenas te las dé Dios, hijo. ¿Vienes a confesarte?
—Sí, Padrecito; he sido muy malo, pero estoy arrepentido.
Don Zorro, engañado por el acento tan inocente de don Perro, se dispuso a dominar los nervios.
—Comienza no más, hijo, y date prisa, porque hay muchos esperando.
—Acúsome, Padrecito, de que una vez mordí a un niño...
—Ah, eso... casi... , casi no es pecado, hijo. Continúa..., continúa, que estoy muy apurado.
Y don Zorro comenzó de nuevo a temblar. A través de las débiles rejillas del confesionario sentía a don Perro que olfateaba, que olfateaba, amenazador.
—Acúsome, Padre, que otro día robé unas Gallinas y unos Patos.
—Robar Gallinas y robar Patos no es pecado, hijo, pero confiésate más de prisa..., más de prisa.
Don Perro, como ya te dije, se había propuesto castigar a don Zorro, dándole una agonía larga, y así lo hacía desesperarse con unos pecados imaginarios que no terminaban nunca.
—Acúsome, Padrecito, que otro día maté una Liebre, una pobre Liebre que hallábase barriendo la puerta de su casa, en un manchón de zarpas.
—Matar Liebres no es pecado, hijo, aunque éstas se hallen barriendo la puerta de su casa; pero, por misericordia, apúrate, hijo mío, estoy urgidísimo de tiempo.
La voz de don Zorro era entrecortada, anhelante: ya no le cabía duda de que don Perro lo había reconocido. Sin embargo, éste continuaba inmutable y olfatea que te olfatea.
—Acúsome, Padrecito..., que otra vez... andaba yo con hambre... y cace... ¡un ZORRO!
—¿Cazaste un ZORRO has dicho, hijo mío?
—Sí, Padrecito, y me lo comí enterito.
Don Zorro notaba que por ahí, por el ladito del corazón, la oscura sotana le subía y le bajaba, agitadamente, con desesperación. ¡Ahora sí que estaba perdido!
Y fue entonces, mi vida, cuando don Zorro, con voz temblorosa y con los ojos arrasados por gruesos goterones de terror; respondió a don Perro:
—Ay, hijo, ¿por qué hiciste eso? Ése si que es pecado grande, muy grande, muy requetegrande... Cazar Zorros es pecado mortal. Mas, ¿por qué estás tan inquieto? A ver; termina pronto tu confesión, hijo mío, termina pronto... , prontoooooo.
Al notar el angustioso desasosiego de don Zorro, don Perro sonrió burlesco, mostrando los filudos y amenazadores colmillos.
—Vaya, Padrecito, lo que es ser ignorante. ¿Así es que matar Zorros es pecado muy requetegrandazo, ah? Bueno, y ¿qué irá a decir usted ahora? Porque acúsome, Padrecito..., acúsome... de que ¡me lo voy a comer a usteeeeeeed!
Y sucedió, entonces, lo que tú ya te habrás imaginado: al oír esto, don Zorro dio un brinco desesperado y quiso echarse a correr; pero don Perro dio un salto más rápido y clavó sus temibles colmillos en la peluda y blanca garganta de don Zorro.
—¡Aaaaaah..., aaaaah..., aaaaaah! —alcanzó no más a decir el bellaco de don Zorro y expiró ahí mismito, junto al saco donde, sólo momentos antes, había estado guardando a sus confiadas victimas.
Don Perro, que era muy desconfiado cuando de Zorros se trataba, no abandonó el confesionario hasta que se convenció de que don Zorro, de ahí en adelante, no haría más fechorías porque estaba muerto, bien muerto.
Luego, salió despacito, juntó bien la puerta de la iglesita y se fue satisfecho, mientras pensaba:

"Un malvado menos..., un malvado menos".

*_Texto Tercero Básico_*

Dos amigos que se van
(León Tolstoi)

Casi al mismo tiempo llegaron al fin de sus vidas Bolita y Milton. El cosaco no entendió que Milton era un perro de caza, rastreador, especial para la caza de aves y especies pequeñas, y lo llevó a cazar jabalíes. Un jabalí lo atacó y le dio muerte.
Por su lado, Bolita vivió muy poco más después de librarse de la matanza de perros en Piatigorsk. Después de ese angustioso episodio se puso muy triste y principió a lamer cuanto se hallaba a su paso. A mí me lamía las manos, pero en una forma distinta a la de siempre; no precisamente como una caricia. Hacía presión con la lengua, y me mordía, aunque se notaba que no quería atacarme. Yo retiraba mi mano y entonces él lamía mis botas, o la pata de una silla o de una mesa, y también las mordisqueaba. Esta extraña conducta duró dos días; después Bolita desapareció, se hizo humo.
Era imposible pensar que a un perro como éste lo robaran, y más difícil aún resultaba imaginar que me había abandonado. Entonces caí en la cuenta de que hacía exactamente seis semanas que lo había mordido el lobo y comprendí que Bolita estaba contagiado por la rabia.
Los animales que contraen esta enfermedad sufren contracciones convulsivas y dolorosas en la garganta, y tienen sed, pero no pueden tomar agua porque las contracciones aumentan. Agobiados por los dolores y la sed, enloquecen y muerden.
Recorrí los alrededores buscando a Bolita, pero no logré hallarlo ni obtener noticia alguna sobre su paradero. Si hubiera andado por distintos lados mordiendo a la gente, como es usual en los perros rabiosos, se habría sabido.
"Lo más probable es que haya muerto en el bosque", pensé. Entre los cazadores se dice que cuando un perro inteligente es atacado por la rabia, huye al campo o se interna en los bosques, para revolcarse en las hierbas bañadas por el rocío y hallar las plantas que puedan sanarlo. Bolita no logró sanar porque jamás regresó a la finca.

*_Texto Segundo Básico_*

El camaleón confundido


En una hoja verde estaba sentado un camaleoncito verde. Al saltar a un árbol café, el camaleón empezó a volverse café. Después se posó en una flor roja y enrojeció. Mientras atravesaba la arena amarrilla, se puso amarillento como ella.
Cuando estaba calentito y había comido, el camaleón se ponía de un verde resplandeciente. Pero cuando tenía frío y estaba hambriento, se volvía gris, se quedaba quieto y esperaba. Sólo se movían sus ojos- arriba, abajo, a los lados- hasta que veía una mosca. Entonces el camaleón disparaba su larga y pegajosa lengua para atraparla.
Y así se pasaba la vida; una vida que por cierto no era muy emocionante. Hasta que un día....¡el camaleón vio un zoológico!
Jamás había visto tantos animales tan hermosos.
Entonces el camaleón pensó: -¡Qué pequeñosoy, qué lento, qué débil! Quisiera ser tan blanco y tan grande como el oso polar.
Y su deseo se hizo realidad. ¿Pero acaso se sintió feliz? ¡No!-¡Quería ser tan hermoso como un flamenco! ¡Ser tan listo como un zorro! ¡Nadar como un pez! ¡Correr como un venado! ¡Ver las cosas que están lejos como la jirafa! ¡Ocultarse eb ek caparazón como la tortuga! ¡Ser tan fuerte como el elefante! ¡Ser tan gracioso como la foca!
-¡Quisiera ser como la gente!- se dijo a sí mismo.
Y sus deseos se volvieron realidad. Entonces pasó una mosca. El camaleón estaba muy hambriento, pero también estaba hecho una mezcolanza: era un poco de esto y de aquello, y no pudo atrapar a la mosca.
-¡Quisiera ser yo mismo!- se lamentó.
Y el deseo del camaleón se hizo realidad y .....¡atrapó a la mosca!
Autor: Eric Carle

Categoría dominio lector, primero básico

En la siguiente rúbrica se definen las seis categorías de dominio lector para ubicar a los niños de primero básico: http://www.educandojuntos.cl/dms/cat_1564.html

Excelente
Cumple con la descripción de la categoría “muy bien” y presenta una fluidez lectora muy rápida.

Muy bien
Reconoce todas las letras, lee palabras completas y presenta una buena fluidez lectora, requiriendo poco tiempo para terminar de leer la evaluación.

Bien
Lee palabras completas, reconoce la gran mayoría de las letras, aunque presenta algunos errores de reconocimiento. Presenta fluidez lectora, aunque lenta, demorando en articular algunas palabras.

Suficiente
Domina algunas sílabas, no reconoce todas las letras, comete errores importantes de reconocimiento y pronunciación; omite, se salta palabras, inventa. Demora mucho tiempo en leer.

Insuficiente
El alumno domina una o dos sílabas o letras de la evaluación, tomando mucho tiempo en articular lo que lee.

No lector
El alumno no reconoce las letras, es incapaz de leer una palabra.

*_ Texto Primero Básico_*

La Mona Felisa

La mona felisa, se mece sin prisa derecha, izquierda, arriba, despacio, despaci
o.
La mona felisa se mece sin prisa se lava, se peina y al mono Felipe le hecha una sonrisa
El mono Felipe se mece sin prisa derecha, izquierda, arriba, abajo, despacio, despacio.
La mona lo mira, el mono suspira.
La mona va de puntillas.
El mono le hace cosquillas.
La mona Felisa se muere de risa, y un monito triste que la ve reír le dice:
¡Felisa, regálame una sonrisa!

autor: Marisol Perales